María Jesús González
María Jesús González
Me avergüenzo por mis 11.364 votantes


Participé, con mi imagen y mi nombre, en las elecciones del año 2008 como candidata al Senado por la circunscripción de Tarragona, en las listas de Ciudadanos, partido para la Ciudadanía (C’S). Ahora, tras los últimos acontentecimientos y divisiones en el partido, siento vergüenza por mí y por cada una de las 11.364 personas que me votaron.

Me avergüenza la evolución de este partido que no nació desnudo, sino arropado por la inteligencia brillante y la resistencia al rodillo de los nacionalistas, que se han ocupado desde el comienzo de la Transición casi exclusivamente en tareas “identitarias”. Esta resistencia, casi siempre anónima, se ha producido especialmente en el mundo de la Enseñanza al que pertenezco. Y les aseguro que no ha sido, ni es, una posición cómoda.

El nacionalismo no ha dado buenos frutos a la sociedad catalana, que, en este momento, sufre las mayores tasas de desempleo de toda España, los índices más bajos de calidad de la Enseñanza y el mayor deterioro de la seguridad ciudadana. Además, ha dilapidado el dinero público a favor de una clase política insaciable, desacreditada y alejada de la realidad laboriosa de la calle. Para denunciar ese fraude a la democracia, nació Ciudadanos. Miles de personas nos unimos entusiastas y esperanzadas a esa formación que nacía, como Venus, limpia.

Ahora, esa esperanza ha sido puesta en almoneda y lanzada al fango del descrédito y la irrisión por un puñado de advenedizos, que parecen haber olvidado quién les dio a luz y con cuánto dolor. Por el camino, muchas personas, empezando por los intelectuales, padres de la criatura, y siguiendo por quienes pedimos el voto para la formación y por los tres representantes de la misma en el Parlament, han soportado -hemos soportado- toda clase de insultos y, en algunos casos, linchamientos. Hablo de Boadella, Arcadi, Azúa, de Carreras...

Ese comportamiento nacionalista ha servido para desvelar que, tras un falso progresismo -imposible sinonimia en los contrarios progresista y nacionalista- no hay sino una continuación del fascismo intransigente y excluyente, del que, por nuestra escasa tradición democrática, parece que no hemos acabado de despegarnos.

De la agresión a la inteligencia que tantas veces significó el franquismo, hemos pasado a una agresión semejante al intelecto libre y democrático. De la mitificación y falsificación de la Historia de que abusó la dictadura, hemos saltado a la mitificación y falsificación, incluso, de la historia personal. Ni siquiera importa si aún viven quienes pueden desmentir ciertas patrañas. Se miente, o se repite una mentira tantas veces que la gente acaba por percibirla como verdad. Se trapichea con el dinero público, se favorece a los afines, se subvenciona el servilismo. Hemos pasado, en definitiva, de una criminalización del otro por distinto, a otra criminalización del diferente. Hemos caído en la práctica de un socialismo difuso y pancista que ya denunció Galdós como una de las lacras de la vida política española. Hemos pasado de una fe, hoy percibida como políticamente incorrecta, a otra, que no por ir vestida de progre y de izquierdas es menos hueca.

Pido, pues, perdón a mis votantes por haber confiado -a veces con la fe de quien necesita creer que no todo está perdido-, en una formación política que nació para la palabra y la acción regeneradora; pero que ha acabado como desnuda carne del fangal político y ético en el que nos movemos.

Algunos de mis compañeros en este apasionado y apasionante viaje, fueron más avisados, y se apearon del proyecto a los primeros compases desafinados. Yo, porque me negué a ver más allá de mis deseos y necesidades de apoyo y sustento ideológico, he esperado hasta este momento en que la realidad se me ha plantado delante de las narices llenándome de vergüenza. También a ellos les pido disculpas.

He conocido a personas extraordinarias a las que siempre estaré agradecida porque siguen alimentando mi fe en que, desmontar la quimera, desvelar las trampas antidemocráticas del nacionalismo -que puede presentarse como de izquierdas, de derechas o de centro, pero que siempre es insaciable y narcótico- es una de las tareas más dignas en que podemos seguir empeñándonos día a día. Debemos hacerlo. Por un país en el que aún creemos, pero, sobre todo, por las nuevas generaciones a quienes algunos, sencillamente, están “descerebrando” en una “magnífica” obra de ingeniería política que ya dio odiosos frutos en la Europa del siglo pasado.

Así pues, concluyo. Siento haber pertenecido a una formación, Ciudadanos, en la que se incluye un sector desaprensivo, que, en este momento, es la parte más visible de su imagen pública; pero que, afortunadamente, no es Ciudadanos, ni en el espíritu ni en la letra.

María Jesús González
Candidata al Senado por Tarragona en las elecciones de 2008
María Jesús González - 04/05/2009 - 19:19h
Ada
11/05/2009
16:44
"De fora vindran i de casa et treuran...
Hostes vingueren i de casa et tregueren...
Sense comentaris. "

Cuando uno no es tratado como si estuviese en su casa, no se puede pretender que la valore como tal, así que mucho menos que la "ame".
Potenciar un idioma o una cultura nunca debe ser en detrimento de otra.

En fin, que como se ha dicho, sense comentaris.
Comentari eliminat
10/05/2009
17:02
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Comentari eliminat
10/05/2009
10:31
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