Francisco Zapater
Francisco Zapater
Abogado
Paz social para Catalunya


Los de mi generación somos unos privilegiados por haber llegado a los setenta años sin sufrir una guerra, algo de lo que no pudieron gozar, ni presumir, nuestros antepasados. “Y la última”, me respondió Eudald Carbonell evocando su teoría del colapso, cuando se lo comenté, un pronóstico preocupante viniendo de una persona con una perspectiva planetaria y de millones de años.

Y fue ese largo período de paz social y el esfuerzo de todos lo que nos llevó a una sociedad próspera y democrática, con un modelo de convivencia ejemplar en Catalunya en el que cabemos todos.

Pero desde hace unos meses siento enorme tristeza, preocupación e indignación. Tristeza por lo que está pasando en Catalunya, con episodios de pesadilla que nunca imaginé que podría vivir.
Preocupación por lo que puede suceder, en un país tan cainita como el nuestro. E indignación porque todo viene de una lucha por el poder entre dos élites políticas que se retroalimentan entre sí y que en el procés han encontrado un banco inagotable de peces. El nacionalismo mesetario, hoy liderado por Rajoy -ayer por Aznar-, inflexible, autoritario y posesivo, que cree que España es su huerto. Y el nacionalismo mágico e insensato de Puigdemont-Junqueras, que piensa que Catalunya es el suyo, y lleva el barco hacia los arrecifes con siete millones de pasajeros prometiendo que al otro lado está el paraíso.

Unos políticos, en fin, que en lugar de solucionar problemas, como es su obligación, los crean. Y los ciudadanos todos a perder, pese a que no es nuestra la culpa.

Dice Claudio Magris que no hay un palmo de tierra en Europa que no tenga diversas nacionalidades. Y Catalunya –cabe añadir- no es una excepción. Este sería el primer eslabón del principio de realidad. Pero hay otros. Catalunya es lo que es, una superposición de estratos cronológicos relacionados entre sí, que se han sedimentado con el esfuerzo de sucesivas generaciones, y con señas de identidad compartidas desde hace siglos. Hoy el setenta por ciento de las familias del Principat son mixtas. En cuanto al posicionamiento sobre el procés es mitad y mitad de votos, punto arriba o punto abajo. Y no podemos olvidar otro eslabón del principio de realidad: dos millones de catalanes, ilusionados y bienintencionados, están a favor de la independencia, con sentimientos profundos que vienen también de siglos.

Con este escenario, ¿qué alternativas hay para volver a la paz social y acabar con el sinvivir de los últimos cinco años?

La primera, una eventual independencia, sería nefasta para todos, o casi todos. De un lado, rompería la Unión Europea, pues el precedente de Catalunya prendería de tal manera que –como predijo Juncker- en diez años habría noventa miembros. Y tantos egoísmos juntos, como en el famoso tríptico de El Bosco, verían el mundo como un carro de heno del que cada uno coge lo que puede. De otro, crearía una fractura social que arrasaría el sistema de convivencia ejemplar que tenemos. Y, por último, sería la ruina económica para una generación.

La segunda, el modelo Rajoy, la ley es la ley. Y en lugar de afrontar el problema de fondo con reformas legales, lo aplaca con jueces, policía, porrazos el 1-0 y el 155. Y el Govern a prisión, algo que el Gobierno habría evitado si indica a Maza que no la pida. Y pese a todo esto, el problema sigue.

Habría que buscar una tercera vía, que partiendo de un mínimo común denominador –que creo que es muy grande- nos diera una fórmula de convivencia en la que cupiéramos todos, sin exclusión, porque el huerto es de todos. Y en la Ley de Propiedad Horizontal tenemos un patrón a seguir. Nuestros edificios tienen elementos privativos, el piso de cada uno, donde cada propietario es soberano del suyo de puertas para adentro. Y elementos comunes (fachada, tejado, ascensor, escalera, etc.), que son de todos los vecinos y sobre los cuales deciden todos.

Los elementos privativos de Catalunya podrían ser los contenidos en el Estatut, antes del “cepillado” del Constitucional, más cupo a la vasca, inclusión del término nación y aquellas otras competencias que la negociación permitiera. Eso sí, blindadas, para que la soberanía sobre nuestro piso no pudieran usurparla los vecinos. Sería necesario reformar la Constitución y el Estatut y su ratificación en referéndum.

Esta fórmula, que hunde sus raíces en el federalismo, probablemente será rechazada por los dos nacionalismos en liza. Los unos por pantalla pasada, los otros por inasumible. Pero, o se mentalizan de que para encontrar una solución consensuada ambos han de ceder, y mucho, o el empate técnico nos llevará a una situación de bloqueo durante años. Hay que guiarse por el seny y la voluntad de pacto, dos rasgos genuinamente catalanes. Y no olvidemos que las normas pactadas son más duraderas que las impuestas.

Otro ingrediente que exige esta fórmula es la fraternidad. En mi adolescencia presencié una conversación entre dos adultos que me llamó la atención. “¿Qué es lo mejor de este mundo?”, preguntó uno al otro. “¿Y lo peor?” El interpelado no supo contestar. Y cuando el primero apuntó la misma respuesta para las dos preguntas, “la lengua”, no entendí nada. Lo comprendí de adulto: la lengua puede ser lo mejor si se utiliza con afecto y como elemento de unión entre las personas; o lo peor, si se usa como arma arrojadiza para zaherir al otro. Por tanto, ahondemos en lo que nos une, tendamos puentes, comprendamos al otro. Como dice Victòria Camps, el federalismo es la estructura de gobierno que mejor promueve y organiza la fraternidad entre los seres humanos.

Por último, la lealtad es un elemento sin el cual este modelo no puede subsistir. Como afirma Francesc Trillas, lealtad entre instituciones y lealtad de los ciudadanos entre sí. La astucia es más propia de abogados que defienden a una parte frente a la otra, no de gobernantes que gobiernan a todos y todos pagamos.

La paz social es muy importante y tenemos obligación de preservarla para nuestros hijos y nietos. La mejor herencia que les podemos dejar es crear las condiciones para que también ellos lleguen a los setenta sin haber sufrido una guerra.
Francisco Zapater - 10/11/2017 - 10:50h
A ambos indefinidos
20/11/2017
09:31
si vol repasi els missatges i veurà com també deia que era fàcilment comprovable; i si no vol, no ho faci; aquest debat no porta enlloc

que tingui una bona setmana
Marc Nadal
19/11/2017
11:47
Les institucions de l'Estat espanyol més o menys funcionen, i si vol dir-ho així Espanya es pot considerar una democràcia; però hi ha moltes coses millorables, no és només una qüestió d'immobilisme de Rajoy, és un tema més estructural.

Tanmateix, per la resta, vostè planteja una situació i proposa unes solucions, i tant en la proposta com en les solucions se li veu una voluntat real de tenir en compte a tothom. Darrerament es fa estrany llegir algú que intenti proposar solucions amb aquest ànim, felicitats per això.
>i tant que és un cop d Estat
18/11/2017
15:27
1.-L'article 155 de la Constitució no és un cop d'estat, és un mecanisme per evitar el cop d'estat
2.-Aplicar la Constitució no és una amenaça és el deure del sistema jurídic de l'Estat.

3.-L'esperpèntica declaració de la Rovira sobre el 155
a) "el Govern va fer arribar a Puigdemont que enviaria l'Exèrcit i hauria morts en la calli”
b)" fonts solvents de l'Executiu de Rajoy van traslladar l'amenaça de “usar armes de foc contra la població”.
Per què no especifica les fonts?
c)" els advertiments parlaven que “hi hauria sang” i que “aquesta vegada no serien pilotes de goma com l'1-O” sinó “que seria molt contundent".

4. Culpable la sra Rovira per no denunciar-ho davant el jutge. I vergonya!
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