Pocos lugares han existido y existen para ser parido o parida en Tarragona:
Monegal, Joan XXIII, Aldecoa, ¿Vidal Jané? , Santa Tecla....
Sólo una cosa, una jeringuilla malévola, era y es el punto en común que las unía en el alumbramiento.
En el momento del lloro, de la bienvenida a la ciudad y a la vida, nos inyectaban, y creo que lo siguen haciendo, xxxxx. No sé sí fue Mandribal, Augusto, Eulogio o Pablo el inventor del producto, lo que sí sé es que la fórmula, invariable e invariada, se ha transmitido entre boticarios, brujos, matasanos y médicos de la ciudad. Desde Kesse a Tarragona 2017.
Es indolora, ¿insípida e incolora?, pero si os miráis, Tarragonins de tota la vida (jo també) si os miráis debajo de la axila del brazo izquierdo veréis, no sin dificultad, un pequeño puntito rojo. Es eso. Ahí os la metieron.
La fórmula es secreta: una mezcla en la que creo no falta romaní.
¿Y que produce?
Conformismo, dejadez, envidia, altivez, impotencia, vergüenza, falso orgullo...
Durante siglos, casi milenios, han sido muchos los que han intentado encontrar el antídoto. Nadie lo ha conseguido. Sólo se ha constatado que no es bueno para un estigmatizado en la axila izquierda como lo somos todos, el consumo de Chartreusse y la exposición prolongada a productos químicos.
Éramos pocos y parió la yaya.
El racó d’en Pau Murga - 01/09/2010 - 14:33h